EL MODELO AGROALIMENTARIO: LO QUE NOS QUIEREN HACER CREER

Desde instancias oficiales y comerciales nos cuentan las excelencias del sistema actual de mercado agroalimentario, como el más eficiente en cuanto a:  productividad, variedad, eficacia, distribución, seguridad sanitaria de los alimentos, precio, información, facilita el trabajo a los agricultores…  Veamos despacio cada una de las “virtudes” de estos atributos, basándonos en informes de organismos nada sospechosos de radicalidad.

Productividad: el Relator especial de la ONU por el Derecho a la Alimentación defiende que en la actualidad producimos en el mundo para alimentar a 12.000 millones  de personas y la Tierra la habitamos 7.300 millones. No tenemos un problema de generación de riqueza o, en el tema  particular que nos ocupa,  de alimentos.  De hecho, el problema no es que se generen pocos alimentos, el problema es que se extrae mucho más de lo que la Tierra puede  regenar respetando sus plazos.

Eficiencia: la de un sistema que según la los datos del Fondo de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), se desperdicia o tira un tercio del total de la comida producida para el consumo humano. Algo completamente escandaloso teniendo en cuenta que  casi 1.000 millones de personas pasan hambre, según la misma fuente.  No hay rostro más claro y cruel de la desigualdad que el acceso a los alimentos.

Distribución: la de un modelo en el que los españoles nos comemos los tomates producidos en Holanda y los ciudadanos de este país se  alimentan con los cultivados en Almería, sin reparar en las emisiones contaminantes. En ambas situaciones el sistema agrario propicia que el campesino se vea desposeído de la mayor parte del beneficio que con su trabajo genera.  

Variedad:. En la historia nunca nos habíamos alimentado con tan pocas variedades, cuestión distinta es la cantidad.  La pérdida de biodiversidad es tan grave que hay científicos que  la consideran  la “Sexta extinción masiva”.  El último informe, de mayo de 2019, de  La Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios del Ecosistema (IPBES), recopilado por 145 autores expertos de 50 países en los últimos tres años, advierte que la biodiversidad está disminuyendo a niveles alarmantes, y la tasa de extinción de especies se está acelerando. Entre la proliferación de datos que aporta el informe destacamos: un millón de especies de animales y plantas están ahora en peligro de extinción, la degradación de la tierra ha reducido la productividad del 23% de la superficie terrestre global. Actualmente 577 mil millones de dólares, en cultivos anuales están en riesgo por la pérdida de polinizadores…

Precio: se consigue con una Política Agraria Común (PAC) europea y la Organización Mundial del Comercio (OMC)  que defienden  el suministro masivo de alimentos por terceros países que abastecen más barato, lo que significa abandonar a su suerte el medio rural propiciando el deterioro ambiental y  social  al expulsar al pequeño agricultor, que ve atónito el diferencial de precios entre lo que recibe por su trabajo y lo que, realmente, paga el consumidor.

Seguridad: la de un sistema que se ve permanentemente asaltado por escándalos como: el aceite de colza, las vacas locas, el uso de benceno, también de dioxina en animales, las latas de Coca Cola tóxica -el icono por excelencia de la sociedad global, que se vio cuestionado por causas todavía sin aclarar-, la peste aviar, alimentos elaborados con carne de caballo y asno, la bacteria E.coli -que inicialmente se dijo que el origen estaba en las verduras importadas de España-, o el más reciente del verano-17 -bastante desapercibido- de los huevos tratados con fipronil…  Todo hace indicar que el listado seguirá engrosándose.

Facilidad: argumentan que alrededor del sector agropecuario han crecido  una serie de multinacionales cuya función es la de “servir  y ayudar” al campesino para ahorrarle trabajo y, en definitiva, hacerle la vida “más fácil” a través de suministrarle los impust o compras de productos  imprescindibles para cultivar y que en décadas anteriores los agricultores  producían en forma de estiércol, líquidos o caldos biológicos preventivos y curativos, selección y adaptación de semillas…  Consecuencia: nos han “facilitado” tanto la vida al agricultor que apenas nos han dejado margen económico para vivir.

A esta serie de argumentos oficiales supeditados a los intereses comerciales oponemos los interrogantes que a nuestro entender pretenden ocultar. ¿Tiene sentido producir alimentos para un 70%  más de población de la que actualmente habita la Tierra?, ¿es eficiente un modelo agroalimentario que tira o desperdicia 1.300 millones de toneladas anuales de alimentos, cuando la población hambrienta alcanza los 1.000 millones de personas?, ¿se puede hablar razonablemente de gran variedad en el consumo alimentario cuando la pérdida de biodiversidad es alarmante con la existente tan solo hace un siglo?, ¿debemos  tildar de seguro a un modelo de producción de alimentos que sacrifica el estándar de seguridad alimentaria por el beneficio?, ¿realmente  el conjunto de empresas suministradoras de productos persiguen “facilitar la vida del agricultor”, como declaran, cuando sabemos que éstas acaparan más del 90% de las rentas totales del campesino?.

Sólo así se explica que se produzca 1/3 más de alimentos de los que necesitamos y que a pesar de ello mueran 30.000 hambrientos diariamente. A eso le llaman máxima productividad y eficiencia del sistema.  Se supone que un modelo eficiente no debería producir para  poco más tarde tirar una parte significativa de lo producido y al mismo tiempo debe garantizar la alimentación a la totalidad de la humanidad, como derecho universal irrenunciable que nos asiste a las personas por el  sólo  hecho de haber nacido.

Quieren hacernos creer que tenemos a nuestra disposición la mayor variedad de alimentos a la que antes nunca había aspirado la humanidad porque las estanterías de los super están repletas de productos cada vez más industrializados y  homogenizados, creando la falsa ilusión de lo diverso, cuando en realidad lo que esconden es la más estricta uniformidad. Nunca en la historia nos habían alimentado tan pocos cultivos. Lo que evidencia, realmente, es la enorme fragilidad y vulnerabilidad del sistema, al no cuestionar un modelo que tiende de forma entusiasta hacia la desnaturalización, industrialización y tecnologización con los que trata a los alimentos,  reduciendo los problemas de la alimentación a una cuestión meramente técnica para hacernos creer que la ciencia seguro que aportará las soluciones para  resolver los problemas creados por el propio modelo. De este modo consiguen crear un ambiente generalizado  de confianza y fe ciega en la ciencia, que algunos definen como “tecnoentusiasmo”.  ¿Realmente, creemos que la ciencia y la técnica pueden solucionar todos los desaguisados que causa la búsqueda del máximo beneficio en la producción de alimentos?.   En esta dirección laboratorios y centros de investigación con presupuestos millonarios se encuentran investigando las potencialidades de la biotecnología y la alimentación sintética. Recientemente se hacían públicos los resultados de las primeras investigaciones para   elaborar carne artificial a partir de células madre; científicos chinos han creado vacas lecheras transgénicas que producen leche humanificada (similar a la leche materna),  la oveja Dolly…

Las administraciones responsables de velar por la seguridad de alimentos claudican ante las presiones de los lobbis  de las grandes corporaciones agroalimentarias para defender que entornos tóxicos en “dosis aceptables” son  tolerables por el organismo humano, sin cuestionar la presencia de pesticidas en los alimentos, siempre  que las cantidades de residuos se encuentren por debajo del límite máximo establecido. Además, sabemos que España es el Estado de la UE que más productos químicos utiliza en términos absolutos.

Distribución: la distribución por tierra, mar y aire a gran escala ha conseguido abaratar considerablemente los precios del transporte de mercancías, gracias al combustible abundante y barato que disfrutamos temporalmente y a la externalización de costes sociales y ambientales,  permitiendo comer frutos exóticos que  se cultivan a miles de kilómetros, procedentes de latitudes opuestas, en detrimento  de  los cultivos locales  y, en definitiva del medio rural y su despoblación.

A ello se suma el despliegue de inmensas cámaras frigoríficas que lleva aparejada la agricultura convencional moderna, para almacenar y mantener los frutos en espera del momento óptimo para especular con los precios de los alimentos, haciendo posible conservarlos durante meses, lo que nos permite consumirlos  fuera de temporada. Estos fenómenos nos los venden como grandes logros de la globalización, sin reparar en los costes sociales y ambientales.

Dar respuesta certera a los interrogantes planteados y  a las consecuencias derivadas de un sistema alimentario plagado de deficiencias graves supone plantearse  la raíz que causa el problema: un modelo de producción y distribución cuyo motor y motivación prioritaria es la búsqueda incesante del máximo beneficio, por supuesto,  exclusivamente económico, y la acumulación de capital, cuanto más, mejor. Centrarse  en el análisis de las consecuencias y desaguisados que el propio sistema agroalimentario reproduce diariamente es, sencillamente, errar el tiro, aspirar, como máximo, a introducir las mejoras que el propio sistema admite. El cambio de modelo agroalimentario no se basa en producir más, se basa en recuperar la soberanía alimentaria para poder decidir  los afectados lo que se cultiva, cómo se cultiva y cuanto se cultiva.

En las antípodas de este modelo se sitúa la soberanía alimentaria y la agroecología, realidades por los que apostamos. Conceptos que reivindican el acceso a los alimentos sanos como un derecho universal que asiste a todas las personas, conjurando para ello  las grandes operaciones especulativas sobre los mismos.  Ofertando cultivos biológicos,  trabajados por campesinos que pueblan el medio rural, y que ofrecen frutos de proximidad, de temporada, comercializados localmente para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y que crean nuevas relaciones sociales entre agricultor y  consumidor fundamentadas en   la confianza.  Alternativas  por las que apostamos, que irrumpen con fuerza y que será objeto de análisis en otros artículos.

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